Eterna compañera

Allí estaba. Sentado, sin hacer nada. Y como era de constumbre en los últimos tiempos, allí estaba ella también. Sentada frente a mí, calmada, silenciosa, mirándome fijamente a los ojos.
Ya estaba acostumbrado a su presencia, y ella a la mía, supongo. Llevábamos mucho tiempo sentados frente a frente. Nunca intercambiamos palabra alguna. El silencio era el tercero en discordia.
En otro momento su mirada fija, sus ojos oscuros, su pose tranquila pero tensa a la vez, me hubieran puesto de los nervios. Ya no. Ya estaba habituado, tan habituado, quizás, que cualquier mínimo cambio me hubiera sentado fatal.
En otro momento, el tic-tac incansable del reloj golpeando continuamente contra mi cabeza, me hubiera irritado sobremanera. Pero ya no. Estaba acostumbrado. Y si algún día me fastidiaba más de lo normal, me aliviaba pensando que antes o después se acabarían las pilas de aquel maldito aparato.A ella no parecía molestarla, al revés, yo diría que disfrutaba.
Pasó el tiempo, no puedo precisar cuanto, quizá una hora, quizá dos, quizá un día, quizá un mes. La verdad, tampoco me importaba.
Durante ese tiempo su presencia me ayudaba a pensar. Cada vez que lo hacía una nueva pregunta incapaz de contestar venía a mi mente.
Así fue durante bastante tiempo. Hasta que un día me decidí a romper el silencio y le dirigí la palabra. Sin ton ni son le formulé las miles, millones de preguntas que había ido guardando. Según las pronunciaba, según las oía salir de mi boca, me parecían cada vez más estúpidas, absurdas y sin sentido.
Ella seguía con su pose y su mirada, incesante. Parecía haber pasado ya por todo aquello. Como si otros le hubieran hecho exactamente las mismas estúpidas preguntas antes.
Terminé. Mi boca se secó. Esperaba atento descubrir la tonalidad de su voz. - Lo ignoro - repuso ella palideciendo al instante. Recobró su color y añadió - sólo estoy aquí para acompañarte cuando nadie lo hace, para recordarte que nadie lo hace, busca tú tus respuestas -.
Nuestro antiguo compañero, el silencio, volvió con nosotros. No me atreví a volver a abrir la boca. Ella continuaba como de costumbre, sin variar ni un ápice su postura.
Pensé que oír su voz me agradaría. Me equivocaba. Tampoco lo hicieron sus palabras, supongo que en el fondo sabía que ella llevaba razón.
Pasó el tiempo. Un buen día, sin saber muy bien porqué, me levante de aquella silla con la intención de abandonar aquella habitación, aquel maldito reloj, y abandonarla a ella. Poco tardé en darme cuenta de que era inútil, fuera donde fuera allí me acompañaría ella, a no más de un palmo de mí, con su fija mirada, y el tic-tac del reloj, paranoico, en mi cabeza.

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    # by sweep blue - 10:27 p. m.

    por mucho que corramos siempre nos alcanzan por mucho que callemos siempre estan ahi
    Un besote